La noche de la boda no hubo velo blanco ni promesas de amor eterno; solo el eco de nuestros pasos sobre el mármol frío de la catedral y el peso invisible de dos ataúdes que aún reposaban en la memoria de la ciudad. Después de meses de una guerra de mafias implacable que dejó nuestras calles bañadas en sangre y a ambos clanes al borde de la aniquilación total, nuestros padres decidieron que la única forma de evitar que una tercera facción nos devorara vivos era uniendo lo que quedaba de nuestra estirpe. Él había perdido a su hermano menor en la emboscada del puerto, el estratega brillante que planeaba cada movimiento con la frialdad de un ajedrecista; yo había perdido a mi hermano mayor en ese mismo fuego cruzado, el escudo protector que sostenía el imperio de nuestra familia con mano de hierro. Ahora, convertidos en los últimos herederos de un legado roto, nos obligaban a compartir el mismo apellido, el mismo lecho y una tregua construida sobre el resentimiento puro.