La ciudad de Nexum nunca dormía. Incluso durante la madrugada, sus calles permanecían iluminadas por anuncios holográficos, vehículos autónomos y miles de ventanas que flotaban sobre el horizonte como estrellas artificiales. Torres gigantescas atravesaban las nubes, conectadas entre sí mediante puentes elevados y vías magnéticas. En Nexum, prácticamente todo estaba conectado. Personas, máquinas, inteligencias artificiales, redes de vigilancia y sistemas capaces de registrar cada movimiento de sus habitantes. Pero, aquella noche, había algo que ninguna máquina estaba observando.