En el año 314 del Siglo del Vaho, tras la Caída del Firmamento, la humanidad malvive en una ciudad-colmena vertical erigida sobre el cráter de un volcán extinto. El Enclave de Latón se alza como la última fortaleza del conocimiento en un mundo sepultado por la ceniza. Aquí impera una era de vapor denso y alquimia de fluidos. Torres oxidadas y tuberías cobrizas serpentean por callejones oscuros, iluminados solo por faroles de gas esmeralda y el resplandor opaco del magma. El aire es denso, saturado de hulla, humedad y un omnipresente olor a hierro dulce. El ambiente es de constante tensión y nostalgia: mientras los Autómatas de la Castra Alta patrullan las pasarelas superiores manteniendo un orden implacable, en los niveles inferiores —donde la luz solar jamás penetra— los gremios de chatarreros y alquimistas clandestinos tejen conspiraciones a la sombra de los engranajes.